Malestar de la cultura… malestar del sujeto

Malestar de la Cultura

Por Laura Alcaráz /

Sobre la paradójica relación entre lo que la civilización quiere evitar y lo que ella misma produce…

Se lee en los diarios: “Detuvieron al mayor distribuidor de éxtasis de Mendoza”. “Se triplico el consumo de cocaína en Mendoza”. “Aumentaron las internaciones por alcohol”. “Confirmaron que consumir cannabis eleva el riesgo de trastornos psíquicos”…

Sin embargo, pocos dicen que vivimos en una cultura de la droga, cultura que sustancializa toda gran o pequeña dificultad del sujeto. Desde la mañana, cuando tomamos cafeína al desayuno, hasta la noche, en que podemos relajarnos al volver a la casa, con un aperitivo alcohólico, o un inductor del sueño con un somnífero, claro que recetado por el médico. Una pastilla para el dolor (de lo que sea), otra para despertarse, otra para la tristeza, aquella para contrarrestar la euforia o la manía, y otra para dormir… Muchos además se activan a medida que trascurre el día, aspirando nicotina (¿qué pensaban leer?).

Los seres humanos utilizamos diferentes sustancias que afectan sobre el sistema nervioso central para enfrentar las peripecias de la cotidianeidad…Tal como dijo Freud en 1930 “…Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos («No se puede prescindir de las muletas», nos ha dicho Theodor Fontane). Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ella.  Alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable”

Aun cuando las drogas han estado presentes en todas las culturas y en todas las épocas, hoy son más las personas que consumen drogas, hay más cantidad y hay más facilidades para conseguirlas; las legales como las ilegales. Dos son los problemas de las salas de guardia de los hospitales públicos: adicciones e intentos de suicidio. En las encuestas sobre problema sociales, se sitúa entre los cinco primeros puestos al  “problema de las drogas”.

Ya no es un problema callejero y de marginales. Todos podemos volvernos adictos a alguna sustancia, y a veces sin saberlo. ¿Todos sabrán que tomar 350 ml. de cerveza diaria, 150 ml. de vino (menos que un “cuartito”) o 40 ml. de licor, coloca al sujeto en el lugar de dependiente a ese objeto? O ¿Sabrán que si no se puede conciliar el sueño sin el psicofármaco recetado hace unos años o uno meses, están padeciendo de una dependencia a ello?

El consumo de sustancias(o la ingesta, como quieran denominarla) es cada vez más permisivo, y esto nos hace creer que “no sucede nada si se consume”, sobre todo con las sustancias de uso legal como el tabaco, el alcohol y los psicofármacos.

En nuestro país es un problema que va cada día en aumento, involucrando a menores de edad y a más mujeres de las que uno puede imaginarse. En el rango que va de 14 a 60 años, es decir las edades más productivas de la vida de un ser humano, se observa que de cada 100 personas que consumen, 10 a 20 tienen problemas con su manera de beber o con su consumo de drogas ilegales, o con las prescripciones médicas obtenidas por algún método inadecuado (la frase usual es “doctor: ¿me hace la recetita?”). De estas, 3 o 4 son mujeres.

La dependencia a algunas drogas (legales o ilegales) genera problemas físicos, psicológicos, sociales y financieros. Quedarnos en este concepto y desplegarlo con los daños que causan las drogas: ¿No será reducir el problema? ¿Serán los daños asociados al consumo, algo de la órbita individual? ¿Acaso es tan sencillo para los sujetos querer lo que nos hace bien y tratar de evitar el mal? Si fuera asi podríamos hacer una lista de todo lo que podríamos evitar…y no podemos.
Las  adicciones, son un problema del sujeto y de la cultura ¿Cómo podemos hablar de los daños que causan los objetos, cuando el problema es más que el objeto de consumo? ¿Por dónde empezar a pensar un tema tan complejo?

Interrogarnos sobre la incidencia de la cultura en el sujeto, puede generar nuevos aportes a lo social.

Re-pensar los efectos sociales de ciertos mensajes de los medios masivos de comunicación como los que leímos.

Reivindicar ciertas políticas de salud, que apuntan al sujeto sin estigmatizarlo ni juzgarlo, ocupándose de reducir riesgos y daños para formular aportes a la clínica del sujeto.

Generar espacios de cuestionamiento de la problemática en el marco de la intervención psicológica, social y comunitaria que incluye la participación del medio social, familiar y especialmente la inclusión del paciente como protagonista de su propio tratamiento.

Pensar la asistencia y la prevención desde el registro de lo posible, creando objetivos terapéuticos factibles y no ideales, diseñar estrategias institucionales sanitarias y sociales coordinadas en un plan  para cada sujeto con su problemática especial.

Presentarle al sujeto opciones posibles: un lugar para hablar de lo que le pasa, sin pasar recetas de cómo tendría que hacer con su consumo y su vida. Para eso parece necesario corrernos del lugar de “El Mesías”, corrernos como terapeutas y como sociedad, del lugar tan peligroso que representa el creer que hay alguien tan exento de todos estos males que puede indicarnos el camino, así como de la ilusión de tomar decisiones por otro, sin que este sea protagonista de esa decisión.

Y como decía Freud, ya que no podemos escapar del malestar cultural e individual, tendremos que hacer algo con ello. Algo que supere la alternativa narcótica… ¿Pretender eliminar el malestar no será pretender eliminarse? Después de todo, el malestar es el motor del avance.

Lic. Laura Alcaraz
Matricula 1036
Psicóloga (UBA)
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar

www.aabramendoza.com.ar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *