La ilusión de una adolescencia eterna y… ¡viejos son los trapos!

adolescencia etertna

Por Laura Alcaráz /

La columna Psi de la psicóloga Laura Alcaraz para MDZ. Lo que sucede con aquellas personas que, lejos de aceptar su edad, compiten con sus hijas y nietas, inclusive, para parecer más jóvenes.

Nada nos hace envejecer con más rapidez que
el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.

Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799)

 

El apasionamiento de la sociedad por la juventud puede ser leído como síntoma social, como una forma de negar el envejecimiento. ¿Ilusión de la adolescencia eterna? ¿Deseo de negar la muerte?

En algún momento, sabemos indefectiblemente, que el envejecimiento se va instalando en nuestras vidas de maneras casi imperceptibles. Momento de la temida degradación del cuerpo.

Y entonces…Es posible negarlo. Desmentirlo. ¿Es posible un proceso de elaboración del envejecimiento? ¿Qué es lo que se puede elaborar? ¿La pérdida de la vida? ¿La muerte propia? ¿La muerte de qué..?

La vida va dejando marcas progresivas: la crisis de la mitad de la vida, el alejamiento de los hijos, el retiro del trabajo, la muerte de pares, el cuerpo que ya no es como antes…

Los discursos médicos plantean en la actualidad, una tensión entre el indefectible pasaje del tiempo en el cuerpo y la promesa vía la ilusión de una “juventud eterna”, encarcelando a los sujetos en ideales, caminos generalizables, y a veces irrealizables; en los que la singularidad se desvanece.

Todos intentamos introducir en la vida algún orden de sentido con el que poder otorgarle una coherencia a la propia existencia, y a la vez imprimirle una dirección hacia la cual proyectarse en el futuro. Marco ficcional que nos sostiene, pero no siempre…

Ficción, que en esta época de la vida se desgrana, ya que si bien en el curso de la vida estamos expuestos a ciertas pérdidas contingentes, es especialmente en la vejez cuando se produce un cúmulo de pérdidas que ya no pueden ser consideradas como una contingencia. Estas tienen un carácter estructural o irremediable: en el cuerpo, en la mente y en los vínculos sociales.

¿Qué relación pude establecer con mi propio deseo, en el corto espacio de tiempo entre mi nacimiento y mi muerte? Cuando el sujeto situado en el extremo último de su vida, revisa lo que ha hecho, la sensación de pérdida puede intensificarse y sin lugar a dudas, esto solo depende de uno mismo.

También puede el sujeto impulsarse y enfrentar el desafío de mantener la vida. Sujeto que puede sostener sus deseos y continúa proyectándose. Ni viejo, ni trapo, el deseo nos hace únicos. En esta etapa de la vida, con mayor énfasis que en otras, tendremos el desafío de  renunciar a la “plenitud” ilusoria, ya que es allí donde el deseo encuentra su posibilidad de movimiento.

El deseo surge a partir de la palabra, de nombrarlo. Nombrar la vejez, la muerte, la enfermedad, los miedos, las ilusiones… Nombrar lo nombrado y por detrás de ello lo innombrable.

Enfrentar el sin-sentido e intentar arreglárselas con él.

Para Freud la única manera de soportar la vida es aceptando la verdad de nuestra condición. No somos como desde nuestros ideales querríamos ser, acercarse a ello, intentar aprehenderlo, y ponerlo en palabras, hace más soportable la vida. Nunca se está a la altura de los ideales de belleza o de perfección.

Tal vez en esta época de la vida, se trate de inventar un nuevo modo de vivir en el que el sujeto pueda, por fin, reírse ante el sin-sentido.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar
www.aabramendoza.com.ar

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