Adolescentes, entre las exigencias y el vacío

Adolescentes

Por Laura Alcaráz /

La adolescencia podemos definirla como una contundente conmoción estructural en la vida de un sujeto.  Una encrucijada fundamental que supone un complicado trabajo de desidentificaciones e identificaciones, y la búsqueda de nuevos discursos  para intentar vérselas con aquellos enigmas que dan trabajo al hombre durante toda su vida:el amor, la sexualidad ,el trabajo…

 Dejar de ser niño… Y aun no ser adulto. Con el agregado, de esta época, en la que la adultez no se presenta como promesa de seguridad, estabilidad o certeza. Sino que por lo contrario, aquellos que fueran modelo de identificación en la niñez, se presentan debilitados en su posición como figuras  representativas.

El trabajo central de la adolescencia se concentra en procesar los duelos: elaborar la pérdida del ser niño, la pérdida de los padres de la infancia, de los emblemas identificatorios infantiles. Esta tarea no es sencilla. Por lo tanto la frase:”no tienen de qué preocuparse” no se corresponde con lo que, en realidad es.

Los adolescentes buscan  nuevos significantes que hablen de sí, en procura de construir un lugar propio, simbólico y diferencial. Mientras se intenta construir esto, suelen no abrir la boca. El mutismo típico del adolescente es un intento de cerrarse y procurar un espacio propio, donde el adulto no entre.

Con la dificultad de hallar emblemas identificatorios que lo orienten,  y desconcertado, el adolescente, acude a los objetos que ofrece el mercado con la ilusión de que estos puedan brindarle algún anclaje.

Allí donde unos arman la novela familiar, pueden escribir una historia, armar fantasías…Otros quedan a merced de urgencias no tramitables, no simbolizables, que no pueden procesar psíquicamente, y entonces un objeto de consumo viene como anillo al dedo.

Algunos jóvenes encuentran en el consumo de sustancias toxicas una  buena manera de sustraerse de las exigencias que la vida cotidiana les impone.

El abandono de los padres y en el extremo las altas exigencias familiares. La demanda social: sexualidad y trabajo. Entre tantos otros aspectos lo  interpelan y esto puede vivirse como sucesos devastadores.  No pueden enfrentarlo.  Al punto de tener que ausentarse (anestesiarse).   No se enteran  por un rato qué los agobia, qué no pueden.  Y alivian “mágicamente” la angustia con el consumo de un objeto transformado en droga.

¿No lo hacen por satisfacción? ¿Cómo búsqueda de placer?… Si, también. Más allá de ello, con la sustancia tóxica se sustraen del cuestionamiento social y parental que no pueden responder. Pero en la mayoría de los casos algo ocurre con el sentir y con el sentimiento de estar vivo.

El recurso a la droga o al objeto de consumo, mientras funciona bien, es una solución, y recién cuando deja de serlo, se pueden abrir otras instancias  en esa relación de necesidad imperiosa. Ahí pueden escucharse  las preguntas: ¿Por qué lo hago? ¿Por qué no puedo dejar de hacerlo? ¿Por qué quiero estar todo el tiempo colgado?

No es la droga la que define la problemática. “Es el sujeto quien construye un objeto como droga”. Serán tareas importantes, desplazar la sustancia del lugar de causa, para hacer circular palabras donde no las hay. Poder crear una pregunta, donde encontramos certezas. Pregunta que pueda acercarlos a la propia dificultad para hablar-se, la dificultad para hablar con otros, y la dificultad para utilizar significantes que los contengan en ellos mismos y en sus relaciones.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
www.aabramendoza.com.ar
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar

Depresión y adolescencia… ¿un signo de nuestra época?

Depresión y Adolescencia

Por Laura Alcaráz /

Adolescencia: época de la vida en que el esfuerzo subjetivo se concentra en poder ver, cuál es el camino que les permitirá luchar por el reconocimiento del propio deseo. No es algo que se pueda construir fácilmente  y menos aun si los  atormenta un conflicto familiar o una traumática vida afectiva.

Muchas veces ser adolescente hoy implica enfrentar la expulsión social: no tener dinero para acceder a lo que otros acceden, dificultades para sostener la educación en medio del caos social y familiar, dificultad para encontrar empleo, estrategias de supervivencia que rozan con la ilegalidad, violencia, deserción del sistema educativo, desprotección, disolución de vínculos familiares…

A la crisis de valores sociales y culturales, entre otros muchos, se le suman otros factores: desintegración familiar, abandono o  indiferencia frente a esta lucha que el joven comienza a emprender,  lógica y esperable a su edad,  pero  en absoluta soledad. Muchos jóvenes soportan la crisis que provoca la ruptura de vínculos que debieran estar garantizados.  Y entonces es el cuerpo el que termina tatuado, agujereado, anestesiado, aislado o intoxicado. El cuerpo de los adolescentes revela las marcas que dejan los lazos desdibujados entre padres e hijos. Quedan a la deriva. Situación de la que desesperadamente quieren huir, siendo  a veces la depresión, el tóxico o cualquier  respuesta que encuentren, una alternativa posible que les permita la salida.

Sienten que no pueden apoyarse en referentes válidos para la toma de decisiones.  O por el contrario se perciben expuestos al arbitrio traumático de  los caprichos del deseo materno o paterno.  Tienen padres que están desocupados, deprimidos, faltos de intereses o de proyectos.  O padres sobreocupados y exigidos al límite en sus tareas laborales o académicas.

En definitiva  un sin fin de situaciones generadas por la interrelación de lo subjetivo intrafamiliar e intrapsíquico del sujeto con lo social  de esta pos-modernidad, que hace a veces insoportable el vivir.

La inestabilidad emocional que provoca todo esto toma a los sujetos de diferentes modos y en diferentes tiempos subjetivos.  Los adultos cuentan con algunos  recursos más para sobrellevar la inclemencia de la tormenta social, pero los jóvenes  no.  Aún los están construyendo.

Muchos de estos fenómenos sociales lo padecemos todos.  Pero a todos no nos afecta del mismo modo.  De hecho no todos los adolescentes que soportan esta realidad terminan enfermándose. Aquí, el factor individual y subjetivo es crucial.

Algunos jóvenes padecen de síntomas depresivos muchas veces como una  buena manera de sustraerse de los avatares que la vida cotidiana les impone. Aspectos relacionados con las exigencias o desinterés de los  padres y con la demanda social: sexualidad y trabajo.  No pueden enfrentarla.  Al punto de tener que ausentarse o anestesiarse.  Y entonces no se enteran  por un rato, qué los agobia, y qué no pueden. Alivian “mágicamente” la angustia con el aislamiento.

¿“Es perezoso”?, ¿“Vago”?, ¿“No tiene motivación”? ¿“Solo piensa en el, por eso se encierra todo el día o sale todo el día”?…Puede que ese adolescente se encuentre sufriendo…Habrá que acercarse y dialogar. No dejar que esto, que es nuevo para el adolescente y su familia, pase solo. Estar ahí y escuchar es un camino posible para comenzar a hacer algo con el dolor. Dolor que implica hacerse cargo de la propia vida.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
Mat.1036
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Bullying, cuando la sociedad, cómplice, mira enmudecida

bulling

Por Laura Alcaráz /

El acoso escolar no es un fenómeno reciente. Todos recordamos algo de esto en nuestra infancia y adolescencia. Algunos recordaran hasta la sensación .

Sin embargo todos los estudios parecen coincidir en un aumento significativo de los casos en los últimos tiempos ¿Es solo el reflejo de una sociedad en crisis, donde la norma parece ser la violencia?

Un hostigado, un hostigador, un grupo testigo del hostigamiento que ejerce un plan sistemático de burlas, agresiones y actos discriminatorios; son los elementos necesarios para que el acoso se transforme en bullying.

El tema nos interroga: ¿Que se agrede en la serie de actos violentos? ¿Qué puede tener de perturbador un adolescente para otro? ¿Que produce un empuje a actuar de modo violento?  No se trata solo de una historia inscripta en la diada: “buenos” y “malos” o  “la víctima y su verdugo”. Ni se trata de historias simples donde el objetivo es solo un desahogo condenatorio hacia el diferente.

En estos actos violentos hay una escenificación que sostiene en una triada: víctima, victimario y testigo. Hay un registro audiovisual del acto violento. Algo se ofrece como espectáculo. La mirada entra en juego.

Por un lado el acosado, quien porta algo de la diferencia: lentes, unos kilos más o menos, una posición sexuada, una creencia… Una alteridad que amenaza y devuelve al grupo una imagen inquietante perturbadora que disuelve algo del lazo y al mismo tiempo puede sostenerlo. Su presencia parece atentar  la continuidad igualitaria e imaginaria que da sostén al grupo.

Por otro lado el grupo testigo que impulsado por el riesgo de convertirse en víctima, se sitúa en el otro bando, de posible acosado a acosador y/o espectador mudo, se asegura su inclusión en un grupo para evitar ser excluido por “raro”. Callar y aplaudir para no convertirse en víctima es la posición.

Hay que nombrar también a los ausentes, los docentes, miradas que se sustraen de esa escena, siempre sucede cuando no hay quien represente algo del orden. El acoso escolar puede ser un llamado a la ley que desfallece, un llamado a limitar el desborde. Y aquel que ocupa el lugar del acosador, a quien se  podrá escuchar diciendo: “Mira como me mira”. “Me mira como diciéndome… ”

Se establece un vínculo especular, en donde el otro “ve” que algo se porta. Se precipita la agresividad. Quien golpea, agrede o insulta, mantiene un lazo con “eso” que “ve” del otro. Circulan miradas que dicen. Miradas que atacan. Entonces el agresor parece reconocerse en algo de aquello que ataca.  De alguna forma participa, podemos decir ama y odia al mismo tiempo, se siente marcado por “eso” que supone en el otro.

El hostigamiento en la escuela es una forma de vincularse con lo “aberrante” no reconocido de sí mismo. Algo veo en ti que me mira y me señala…No lo soporto, por eso debo eliminarte.

Los actos violentos los ejercemos los seres humanos en algún momento de la vida. Y tal vez resulte interesante pensar ¿A qué se pega cuando se pega? ¿A quién se agrede? Interrogantes que apuntan hacia la búsqueda del sentido del golpe, del insulto, del ataque al otro. ¿Por qué el otro me es molestamente peligroso..?

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
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Bordes peligrosos entre el hombre y la mujer

bordes peligrosos

 

 

 

 

 

por Laura Alcaraz

“Siento que estoy durmiendo con el enemigo…”. “Siempre tuvo carácter… amaba eso en él, hoy es lo que más odio…”. “Mi vida junto a él se transformó en una tortura…”. Tres mujeres, tres sesiones y una misma pregunta: “¿Por qué no puedo dejarlo?”.

¿Qué anida en el corazón de una mujer (porque no de un hombre), para continuar anclada al sufrimiento que le proporciona una relación de maltrato?

De una mirada descalificante a un gesto de menosprecio. Palabras denigrantes e hirientes. Del abuso emocional al maltrato verbal y físico. Distintas caras de la misma violencia.

Dicen algunos: las víctimas deben reconocer el maltrato y rechazarlo. Sin embargo otros pensamos que  no es tarea sencilla. La cultura ha legitimado la creencia de la posición superior del varón, lo cual ha facilitado que las mujeres se sientan inferiores, pero no podemos darnos el lujo de la ingenuidad, las mujeres nos hemos trabajado para reforzar lo culturalmente adquirido, con cada acto que hacemos en relación al hombre, en relación a los hijos varones. El ser maltratada es una forma de sufrimiento que muchas mujeres racionalizan con justificaciones relacionadas al  desempeño contribuyendo a perpetuar las diversas situaciones de maltrato. Justificaciones relacionadas con el papel femenino tradicional: madre, ama de casa, cocinera, empleada doméstica, profesional, amante; algo de esto no se habrá hecho bien.

Se niega el daño que se sufre, se apelan a ideales como mantener la familia unida (las separación de la pareja no implica separación de la familia). Se acude al concepto de no separarse por el perjuicio que se provocaría a los hijos. Se atribuye el fracaso en el papel de mujer, como esposa y madre.

La situación económica, el amedrentamiento psíquico y físico, la posición de menosprecio, no alcanza para explicar la cuestión del dominio, y en especial, la de la persistencia de muchas mujeres en relaciones destructivas. Intentar analizar este tema implica empezar por el principio.

La relación entre el hombre y la mujer…un lugar de desencuentros

Cualquiera que indague un poco en sus experiencias vividas, en lo que le acontece con el deseo, el amor, el goce, comprobará sin demasiada ciencia que: hombres y mujeres somos diferentes. Pero lo curioso es que aunque estas diferencias son innegables, está muy arraigada la idea de que el hombre y la mujer pueden mantener una relación armónica y de completud.

A veces el matrimonio puede constituir un aplastamiento de la alteridad de la mujer, ya sea por el hombre, ya sea por la mujer misma. Forzar la semejanza, la identidad, la identificación narcisista entre los esposos es una pendiente peligrosa. No hay armonía entre los sexos, hay disimetría, alteridad.

Desde el psicoanálisis la posición sexuada, hombre y mujer, no está dada por la anatomía. Son posiciones que están referidas a la particular manera de gozar. La elección de objeto, de partenaire, en el hombre no se rige igual que la elección de partenaire en la mujer.

Del lado hombre, el goce es circunscripto, localizado, contabilizable puede incluso necesitar de un pequeño detalle, un objeto que decore de determinada forma el andar de la mujer.

Mientras que del lado femenino se impone una relación ilimitada. La demanda femenina es una demanda que tiende hacia el infinito, en una constante búsqueda.

Estas diferencias afectan a las elecciones del sujeto, construyendo significaciones que influirán  en su forma de estar en el mundo. Es el hombre el que más teme perder, pues su interés es mantener lo que “tiene”. El hombre vive en tensión por perder dinero, poder, prestigio, potencia…etc. Para la mujer lo valorizado es el don de amor, para ella la pérdida de amor es lo amenazante. No hay equivalencia. De partida la correspondencia entre hombre y mujer, es imposible.

Muchas veces hay encuentros, hombres y mujeres se aman, se casan, se juntan, tienen proyectos, tienen hijos… Y otras tantas veces hay des-encuentros, malos tratos en los que con-fundidos, fundidos con el otro, aparece la violencia como una forma enferma de separar-se,  de reconocer-se, de diferenciar-se. Intentos desesperados de distinguirse del otro. Se establece una puja desenfrenada por un lado mantener la indiferenciación y la contracara de encontrarse diferente del otro, con necesidades y deseos distintos. Se perdió el límite, la distancia entre ambos. No alcanzan las buenas palabras, se violentan. La violencia hace estragos en el vínculo, parece que nada puede volver atrás.

¿Y en qué se convertirá la vida de un hombre que teme continuamente perder lo que tiene, en el sentido de los bienes, de los objetos? ¿La mujer se transforma en un objeto más?¿Qué será la vida de una mujer sintiendo la gran amenaza de perder el amor del hombre? ¿Perder el lugar que socialmente ocupo a su lado?

Ellos temiendo no poseer su objeto, ellas temiendo perder el amor. ¿Es la violencia una reacción contra las libertades féminas? ¿Es la violencia resultado de la lucha por defender la libertad necesaria de cada integrante de esa pareja? ¿Puede explicar la posesión el acto agresivo del hombre? ¿Puede esto explicarnos que ellas al comienzo resten importancia a los primeros signos de violencia pues supondría perder el amor?

Los protagonistas del drama pueden rectificar sus elecciones fatales y responsabilizarse de esto. Darse la oportunidad de convertirse en sujetos responsables de su goce y consecuentemente de su “saber hacer” mejor con ello, es un posible camino. Camino que nos sigue enfrentando con el límite…No todo se puede…No somos iguales…Por suerte…

Lic. Laura Alcaraz

Psicóloga (UBA)

Mat 1036

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Cuando un Hombre ama a otro Hombre

Por Lic. Gustavo Maggi,
Psicoanalista UBA

“Las eterotopías inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes y nos enmarañan, porque arruinan de antemano la “sintaxis” y no solo la que construye las frases –aquella menos evidente que hace “mantenerse juntas” (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas.”

M. Foucault, Las palabras y las cosas. Siglo veintiuno editores

Mi tía Teresa es de esas mujeres que en los ’70 no solo practicaba yoga, sino que vivía en Mar del Plata en una casa con desniveles y alfombras, y tomaba tés raros, en hebras. Se teñía el cabello de color “champaña”. Se podría decir “moderna, progresista”. En su haber de vida, contaba con un matrimonio que declinó, según se cuenta, por el alcoholismo del que era su marido, y luego sostuvo una convivencia con un sobrino –si… como lo leen!-, situación que con lo exuberante y llamativo de su cuerpo, hacía una mezcla letal para una familia clase obrera como la mía.

De su boca solo salían cosas extravagantes.

En el barrio donde vivía, también lo hacían una pareja de muchachos, que cada vez que ésta se los cruzaba, no dejaba de practicar su cinismo pueril preguntándoles: “y… ¿quién hace hoy de mujer?”.

Mucho más tardíamente, otra Teresa, vecina mía cuando vivía en Plaza San Martín – una de esas mujeres solteras de familia de abolengo desvencijado, amigas de artistas, con buenas alhajas pero ya poco dinero-,  sostenía como un dogma que “todo marica tiene un camisón guardado en el placard”.

Estas Teresas no pueden ver al mundo por fuera de lo heteronormado. No importa cuál sea el sexo de los parteners: en una pareja tiene que haber un lugar hombre y otro mujer. Como eran modernas, ya no hacía falta que esas posiciones se correspondiesen necesariamente al sexo que los habitara, pero sí tenían que existir esos dos lugares.

El amor no puede ser entendido de otra manera. Como el lenguaje que regula al mundo en masculino o femenino.

Cuán difícil es pensar otras formas posibles de amor de aquellas en las cuales el amaneramiento femenino y/o masculino, hace más tranquilo la estandarización “hetero” inclusive de una pareja de ciudadanos de un mismo sexo biológico. En la estereotipia del “marica” o de la “torta”, se hace más distante la inquietud acerca de la propia posición en el amor, en lo erótico. Conserva el carácter “hetero”. Esto hace pensar que la atracción entre dos personas de sexos distintos, aparece garantido por la genética, la naturaleza o Dios –pura apariencia, ya que se necesita de una legalidad que lo establezca, que no contradiga las leyes sociales; no cualquier hombre puede estar con cualquier mujer según, por ejemplo, la ley que establecen sus lazos sanguíneos- y por lo tanto, todo aquello que no cumpla con esa lógica, se supone ilegal. Como si no hiciese falta, también en ese caso, el atravesamiento de cierta construcción de la posición erótica como cualquier hijo de vecino. No se da per se. El infierno de la construcción de un cuerpo.

Haciendo historia

El concepto de homosexualidad es fechable. No estuvo siempre. Y  como buen concepto social, moldea cuerpos, concita poder, segregación e injusticia. Mientras tanto, a otros, tranquiliza. Ordena.

Las nuevas maneras de estar –concepto no tan nuevo aunque siga siendo complicada su lectura- implican no solo a las llamadas “minorías sexuales”, sino también a la eroticidad en su conjunto –uno a uno-. Basta con leer los anuncios de algunos sitios pidiendo un poquito de “sexo”. Ya allí es imposible sostener un sexo-lógico.

La forma de entender al mundo no se instala por fuera de los modos que tenemos para nombrarlo. Y la lógica binaria de la lengua, que infiltra a lo humano en su conjunto, nos fuerza a categorizar en tal sentido. Aunque también, esos mismos significantes pueden tomar otros valores de acuerdo a sus relaciones. Hay lo real que no admite ser nombrado. Aunque esto pueda ir variando epocalmente.

Por eso al Otro no puede no pensárselo sin su falta, y es justo en esa falta en que cada quien puede construirse su propio lugar. Lo que queda en defecto es la tersura absoluta del Ideal, que no puede más que extinguir al sujeto, en tanto sobrenombre del texto hegemónico.

Ese Ideal va cambiando según las épocas, pero más que por su contenido, su lugar y pregnancia en la estructuración es lo que lo hace letal para el sujeto en tanto se absolutice, donde objeto e Ideal se acerquen al punto del colapso.

La identidad se emparenta con el Ideal, como forma desesperada de apropiarse de aquello que se piensa en su exilio. Propone la masa.

De la apropiación a lo propio no hay un mero salto cuantitativo. Lo propio no es sin el atravesamiento de lo más radical de la soledad –es donde declina el Otro-, pero que al mismo tiempo propicia el lazo con otros a través de la diferencia. En la apropiación se toma lo del Otro como siendo de sí, desconociéndose.

De  lo público a lo púdico

La zona erógena no  se entiende con el órgano sexual. Cómo explicar que un perfume, una música, un soplido, un guiño puedan alcanzar el alma.

Hay goces que solo pueden estar vedados a fuerza de cultura, o de historia subjetiva -sin establecer con esto un juicio de valor jerarquizante-, en definitiva, por el Otro que libidiniza de tal o cual manera.  También por lo que cada uno de nosotros hayamos podido leer de lo que se supone que ese Otro nos quiso.

Acaso el punto de libertad este dado en ir más allá de ese Otro, construirse el propio lugar, otro anudamiento posible con las mismas cartas, pero que nos permitan transitar un nuevo juego.
Hacer el cuerpo, erótico, con esa ficción maravillosa del amor, solo es posible con el tránsito de un duelo. Realizándolo. Erotología de pasaje. Implica la pérdida del Ideal del Otro.

Justamente, lo erótico no puede generar una identidad como rasgo a compartir con otros, ya que cada uno adviene a su erotología transitando por los significantes que los constituyeron.

El lóbulo de la oreja, ciertas caricias en el cuero cabelludo, la sensación de la lengua atravesando por entre los dedos del pié. Orejas, cuero cabelludo, dedos del pie. Quién puede decir cuánto de genitalidad tienen éstos últimos, pero quién discutiría el carácter erótico que puedan adoptar para  alguien.

Zonas erógenas, que se constituyen como verdaderos órganos de placer. Que se articulan con otro, que las ejerce como siendo propias, en el otro. Llego a mí cuanto toco al otro. Entuerto de cuerpos que se anarquizan parpebralmente.

Ahora, ese otro que auspicia el efímero extravío de si, no es cualquier otro.
Ese otro no se determina solo por su sexo. La condición erótica de cada quien lo restringe a no todos, no todas, lógica del rasgo unario –para esto no hace falta educar religiosamente cómo se debe amar-.

En definitiva no son los genitales los que comandan la elección –aunque no es sin ellos-. Por lo tanto estos últimos, no pueden nominar la forma de cojer entre los humanos.

Ni hetero-sexual, ni homo-sexual.

No se coje con el sexo.

El concepto de hetero y homosexualidad, así como se establece popularmente, alcanza al partenaire y no al objeto. Y aquí radica la hipótesis fuerte, que el psicoanálisis puede aportar, diferenciación que es central: objeto y partenaire no condicen. “Amo en ti, más que a ti”.

Aporte que hace tambalear a la famosa –y “poderosa”- diferenciación que durante tanto tiempo dividió aguas, simplificando en dos conceptos la complicada “sexualidad humana” como les gustaba llamarla. Conceptos que, a la luz de la diversidad erótica actual, se muestran insuficientes e inexactos. El sexo es un significante fatigado y mezquino. Fatigado por el uso y mezquino porque encorseta lo erótico, no permite su expresión.

La mirada, la voz, las manos, el pelo, las redondeles de un cuerpo, el perfume, la forma de vestir, la profesión, la ideología… no son órganos menores a la hora de una elección. ¿Qué es lo que tiene esto de genital, de biológico, de animal, de natural?

No se ama como animal.

El hombre no llega allí, le está vedado ese privilegio, por el mero hecho de hablar. Donde se desvanece lo unívoco es pos de lo equívoco.

Cómo sostener la identidad en un universo de desencuentros, sino comportando la diferencia como elemento que permita enlazar. Diferencia no de sexo.

Lo “hetero”  y lo “homo” no son categorías aplicables al erotismo. Ya que, si tensamos el concepto, lo erótico implica necesariamente lo “hetero”. Cae la estandarización binario-opositiva.

Lo erótico es lo opaco a la pretensión de la ciencia. Hace sombra.

La ciencia intenta comprender el ser vía la apariencia. Donde el ser queda homologado y coagulado imaginariamente al órgano, con la consecuencia horadante de la degradación del sujeto. Provocando, no en pocas ocasiones, la desesperación que se instala en el anudamiento del cuerpo animado –“almado”-, como manera de dar respuesta a la posición que se exige para transitar por el mundo con los otros. Respuesta que no puede no ser vivida como violencia –el film “xxy” da muestra de eso-. Aplastando, de esta manera,  la inquietud que conduce al “si-mismo”.

No es necesariamente indispensable transformar el cuerpo en otra cosa para poder gozar de otra manera (de lo que lo hegemónico dicte). ¿Y si lo que sucediese -en al menos algunas ocasiones-  es que se responde con la transformación a lo supuestamente adecuado, por un sentir que no puede ser expresado de otra manera que lo heteronormado? Es posible que esto sea lo que les pasaba a las Teresas, que no podían significar de otra manera el amor entre gente del mismo sexo biológico, solo lo podían entender renegando de lo que les aparecía a la vista. Lejos de suponer la renegación en los que así se amaban o deseaban, ésta aparece en los que como espectadores quedaban leyendo o fantaseando la escena.

La diversidad erótica se encuentra en las antípodas de la identidad sexual. Acaso es la incomodidad de lo revolucionario, el punto cualitativamente más álgido de la antiguamente llamada “revolución sexual”, ya que implica “ser otro en el Otro”, no hace lo Uno.

Lic. Gustavo Maggi
Psicoanalista UBA

Diario MDZOnline
(23/09/2011)

El Consumo: Una Adicción que no es “para todos”

Por la Lic. Laura Alcaraz

Todos estamos muy expuestos a hacernos dependientes de cualquier objeto en nuestra sociedad, porque la cultura nos impone consumir, por ende, desde Internet hasta la ropa puede transformarse en una droga si no sabemos controlar nuestros impulsos. La especialista en adicciones, Laura Alcaraz, profundiza en un tema para analizarlo en profundidad.

Ya es casi imparable, la tecnología avanza a pasos agigantados y el consumo también. El último modelo de auto, de celular o de colores en la moda, se vuelven viejos en muy poco tiempo, se universaliza el mercado de los consumidores y todo parece circular libremente y a disposición de todos.

Pero lo cierto es que no todos pueden acceder a este mundo de consumo, algunos podrán cambiar el auto o el celular más seguido, otros se contentan con sólo tener un celular o un viejo auto. “El “para todos” que no es tal, demuestra su contracara: el hambre, la desocupación y la violencia de los que sólo tienen la posibilidad de mirar las vidrieras”, afirma la Laura Alcaraz licenciada en psicología, especialista en adicciones, Coordinadora del Área Adolescente del Centro Preventivo Asistencial en Adicciones de Godoy Cruz, Mendoza, Representante de AABRA. “Justamente son estas adicciones de consumo un problema contemporáneo, ajeno a quienes han estudiado desde la universidad – continúa diciendo Alcaraz. Los profesionales de la salud se han visto desbordados, quienes dictan jurisprudencia también han debido repasar algunos aspectos puntuales y a los políticos se les dificulta resolver el problema del sujeto de derecho respecto de la responsabilidad y las decisiones a tomar en cada uno de estos campos”. Las adicciones ligadas al consumo están por todos lados hacia donde miremos: alcohol, sexo, drogas, tecnología, moda, o en los hidratos de carbono. “En verdad todos somos en potencia adictos”, sostiene la profesional Desde la Organización Mundial de la Salud asegurana que una droga es una enfermedad física y psicoemocional es una dependencia hacia una sustancia, actividad o relación. A diferencia de los simples hábitos o influencias consumistas, las adicciones son “dependencias” que traen consigo graves consecuencias en la vida real que deterioran, afectan negativamente, y destruyen relaciones, salud. Sin embargo en la actualidad se acepta como adicción, cualquier actividad que el individuo no sea capaz de controlar, que lo lleve a conductas compulsivas y perjudique su calidad de vida, como por ejemplo puede existir, adicción al sexo,al juego (ludopatía), a la pornografía, a la televisión, a las nuevas tecnologías (tecnofilia), etc.

Por eso cuando hablamos de adicciones, no sólo podemos detenernos a pensar que éstas son sólo el tabaco, el alcohol y las drogas ilegales, también lo son la televisión, el trabajo, el chat, el sexo virtual, el sexo real, la masturbación, la ludopatía o los juegos de azar. También están la religión (sectas), el tarot o los hechizos, la codependencia (son aquellos adictos a los problemas de los demás), la mitomania (adicción a mentir), la tecnofilia (adicción a nuevas tecnologías), la vigorexia, la cleptomania, etc. “En síntesis todo lo que hacemos, que nos distrae y no lo podemos dejar fácilmente son adicciones. Pero tengamos en cuenta de que no todas son negativas” dice Alcaraz.

La variedad de adicciones es tan grande como nuestra imaginación

Ahora somos adictos a Facebook, a Twitter, a internet, al celular, es común que estemos charlando con alguien, y este esté buscando algo en su celular. Antes salíamos a la calle al patio para fumar un cigarrillo, ahora salimos para hablar por teléfono o revisar nuestros correos electrónicos. Somos adictos a la ropa, los zapatos, también algunos deportes que se ponen de moda y que nos incitan a comprarnos el equipamiento necesario, sea cual sea el costo, entre los cuales podemos mencionar el mountainbike, parapente, entre otros. También somos adictos a las cirugías estéticas para agrandar el busto, levantar la cola, hacer alguna lipo y luego otra y otra. Queremos tener la play1, al poco tiempo la dos y luego la Wii. No mejor la XBox, y luego ¿qué? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo pone? Los más “top” son adictos a las redes sociales como Facebook, hay muchos, muchísimos, cada vez más. Allí, según una estadística, buscan desde viejas amistades, mantenerse en contacto con los familiares como promover nuestra autoestima contando lo que hacemos y mostrando nuestras fotos. La gente busca esta red social para recordar cumpleaños, para tener una vida social más activa, para espiar a otros, para jugar juegos on line, para conocer gente nueva y así ser más feliz.

Pero no sólo de la tecnología podemos ser adictos, también a las comidas, los carbohidratos, los dulces, las papitas fritas, la Coca Cola o la cerveza. Y también podemos convertira a nuestros hijos en objetos de consumo, “si bien uno no ingiere niños, dice Alcaraz, pero hay mil maneras de hacerlos un objeto que nos “afecta”. Cuántas veces una madre dice “el nene no me come nada”, y la verdad es que si no come al único que afecta es al niño, físicamente a la madre no le va a pasar nada. Hoy de alguna manera el Estado está convirtiendo a estos chicos en un objeto, tras la promesa del pago de una asignación familiar por cada niño que hay en la familia”.

¿Cuáles son los síntomas de estas adicciones?

Por un lado se pueden citar los síntomas cognitivos o mentales que son ansiedad e irritabilidad; depresión; necesidad creciente de trabajar más; preocupación constante por el rendimiento laboral; la sensación continua de estar agobiado, de no llegar a todo; sensación de vacío emocional; la infravaloración de otros tipos de actividad distintos a la laboral. Otros síntomas de tipo fisiológico son el estrés, el insomnio, a largo plazo la hipertensión arterial y el aumento de sufrir enfermedades vasculares. El tercer grupo son los síntomas de comportamiento: la necesidad casi compulsiva de realizar listas de cosas por hacer y de anotar en la agenda hasta el más mínimo detalle; incapacidad de estar sin trabajar durante un período prolongado sin experimentar ansiedad, inquietud e irritabilidad; alejamiento de la familia y los amigos. Atento a esta realidad que se está observando en la sociedad es que justamente hoy viernes (desde las 9 a 20 horas )se realizan las “Primeras Jornadas sobre Debates Clínicos en Patologías de Consumo” organizadas por AABRA. Se realizarán en el Auditorio del Parque Temático del Hipermercado Libertad en Godoy Cruz, Joaquín V. González y Cipolletti.

La meditación, una alternativa para combatir las adicciones

Los budistas ya descubrieron el secreto, las personas más espirituales también, ambos buscan cultivar la meditación como herramienta de defensa de los ataques consumistas. Ellos afirman que para lograrlo hay que practicar mantener la mente en paz, vacía, estar contento en total reposo por unas horas, sin tener que distraerse. En pocas palabras, “hay que vaciar la mente, porque ella es la que nos dicta todo lo que tenemos que hacer”.

Diario MDZOnline
(29/07/2011)

Mujeres que no desean ser madres

no desean ser madres

Por Laura Alcaráz /

Cada vez más mujeres desean no ser madres. ¿Qué sucede en las mujeres que desean no tener hijos? ¿Por qué hay mujeres que a pesar de los impererativos culturales dicen “no” a este “ser madre”? Laura Alcaraz en su columna Psi.

En relación a la pregunta “¿qué quiere una mujer?” Lacan podría responder de esta manera: Un deseo muy extraño a toda búsqueda del tener. En algún momento de la historia las significaciones culturales marcaban el ser mujer como equivalente de la maternidad, “la búsqueda del tener”, pasaba casi únicamente por ella.

En la actualidad podemos sostener que ser mujer no equivale a ser madre. Como ser madre no equivale a ser una verdadera mujer. Tener hijos puede no significar ocupar el lugar de madre. Las cosas no siempre son lo que parecen. Devenir mujer no es sinónimo de devenir madre, como tampoco el tener un hijo hace que una mujer se posicione como madre (ni aun mujer). De este modo femeneidad y maternidad no van necesariamente juntos.

¿Cómo se deviene, desde el psicoanálisis, “madre”? Desde niños nos vamos apropiando de los enunciados identificatorios que van diciendo quiénes somos y que deseamos. Pura matriz auditiva. Cuerpo que al encontrarse en el deseo de unos padres, inmersos en una determinada cultura, empieza a estar socializado. Cuerpo culturalmente sexuado: hombres y mujeres son el resultado de una producción histórica y cultural.

La madre y el padre trasmitirán lo que es ser mujer u hombre, características que no corresponden a un cuerpo biológico. Ambas son posiciones frente al deseo. Se deviene hombre o mujer.

El deseo de ser madre o de no serlo está profundamente constituido, fundado en el inconciente, atravesado por el deseo del Otro, además de formar parte de un imaginario social. Las modalidades y mecanismos acerca de cómo buscamos cumplir el deseo inconciente son marcados y mediatizados por la fuerza del vinculo edípico y por la cultura.

Nuestro deseo es estructural, parte constitutiva de nuestra psique, formado en el interior de la relación edípica con los padres, que fueron portavoces, inmersos en una cultura que dictamino su devenir.

Lacan planteo que el padre al ejercer su función de corte y separación de la madre, nos está dando el don de separarnos y convertirnos en sujetos deseantes, y asi ubicarnos entre otras cosas, en la diferencia, y en el ingreso a la cultura.

Existen varias posibilidades diferentes sobre el devenir mujer, Si el lado amoroso del padre gira en torno a otros símbolos, que el coloca como fálicos (valiosos), es probable que la hija se identifique con aquellos. Encontrará otras formas de obtener el falo y no necesariamente con un hijo. La niña accederá a un ideal que conlleve los emblemas  que el padre ha dado, traducidos en dones tales como: su inteligencia, su capacidad artística, intelectual o de cualquier otra índole. Ella podrá entonces sentir que puede tener el falo y ser un sujeto deseante, como lo haría cualquier otra mujer que fuera madre.

Es en la búsqueda del deseo que la maternidad u otros emblemas pueden inscribirse. Hoy hay otras opciones, ahora las mujeres pueden o no ser madres.

Así, la mujer frente a su deseo, seguirá preguntándose qué es ser mujer.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar
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En nombre del amor…

nombre amor

Por Laura Alcaráz /

El amor es entendido como ilusión de completud, pretende suspender las diferencias, una forma de tramitar la división subjetiva buscando hacernos Uno con el otro.

Y si dos están de acuerdo, es por un malentendido.

Todos nos preguntamos sobre el amor. Deseamos encontrar aquel que es para nosotros. Nos
preguntamos “que me quiere el Otro”. Y amamos. O nos dejamos amar. Nos ilusionamos,
sufrimos, gozamos.

El entramado amoroso, organiza al sujeto, nos constituimos en la relación con el Otro y esta
condiciona nuestra existencia de un modo estrictamente particular, único.

La clínica muestra que en el síntoma se encierra una larga historia de desencuentros,
traumas amorosos; amores frustrados, imposibles, fracasados… Pérdidas necesarias, la
madre, como primer objeto de amor, es el primer duelo que se sufre. Imprescindible para el
desarrollo y advenimiento como sujeto, autónomo y listo en su capacidad para amar.

Es así como la relación primordial madre-hijo se fija como modelo para el resto de las
relaciones futuras y, como paradigma de todo vínculo de amor, aspira a ser imitado, por
similitud o por diferencia, a aquella primera relación perdida para siempre. El sujeto quiere
ser todo para el otro como en un tiempo, pregenital e inmemorial, lo fue para la madre.

El amor es entendido como ilusión de completud, pretende suspender las diferencias, una
forma de tramitar la división subjetiva buscando hacernos Uno con el otro. Espejismo que
hace circular el deseo y las demandas siempre insatisfechas porque jamás se obtiene lo
que se desea. Y asi nos tropezamos inevitablemente. Obstáculos en el encuentro amoroso.
Imposibilidad estructural del encuentro pleno. Vivimos en medio de sobreentendidos y
malentendidos.

Dice Collete Soler: “Ya no tenemos mitos del amor, ni el amor cortés, ni el amor precioso
de las preciosas del siglo XVII, ni el divino, ni el glorioso de los clásicos. No tenemos
paradigmas del Ideal del amor ni del Ideal del Otro. Aún tenemos amores. Amores sin
modelos. Podremos inventarlos caso por caso.”

Sin embargo, el amor no cesa de escribirse, calma la angustia dejada por la falta. Y en una
promesa de eternidad en el presente, nos crea la ilusión de superar el vacio y la tremenda
sensación de la finitud de la vida.

Y aunque se haya amado mucho y se haya sufrido mucho más…El amor es un milagro
siempre.

Lic. Laura Alcaraz

lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar

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Misóginos: cuando el amor es odio

misogino

Por Laura Alcaráz /

Ni sexismo, ni machismo, los misóginos parecen odiar a las mujeres, sin embargo las admiran, desean y aman, pero con un miedo inconciente e incontenible hacia ellas. ¿Miedo que puede llevar al insulto, al menosprecio, al golpe y a la muerte misma?

Aristóteles, Schopenhauer, Maquiavelo, Niestzche fueron sancionados como misóginos. Listas de famosos y no tanto, sujetos cercanos a cualquiera de nosotros. La misoginia es un término que adquirió fuerza los últimos años, debido a la gran cantidad de actos violentos hacia mujeres y niñas. Significante arraigado a la  personalidad del sujeto que las denigra, pero que no siempre es masculino.

Ni sexismo, ni machismo, los misóginos parecen odiar a las mujeres, sin embargo las admiran, desean y aman, pero con un miedo inconciente e incontenible hacia ellas. ¿Miedo que puede llevar al insulto, al menosprecio, al golpe y a la muerte misma?

Extraña dualidad por la que necesitan y desean una relación “feliz” ejerciendo un control total sobre ellas. Luchan con la terrible idea de que esa mujer que eligieron y a la que le dedicaron tanto esfuerzo, los abandone.

Suerte de apropiación de un hombre hacia “esa” mujer. El hombre fluctúa de la adulación y el encanto hacia ellas a ejercer una crueldad sin límites. Mujeres y niñas que son presas del menosprecio y la desvalorización constante.

Encrucijada de un sujeto atrapado en la relación erótica a una imagen fija, que lo enajena de sí mismo. Suerte de deslizamiento de la pasión por el objeto de amor, al odio encarnizado.

Este sujeto misógino en el fondo se angustia frente al encuentro con una mujer. Cuanto más despliegue la mujer un discurso de la feminidad más se sentirá afectado y volcará todo su odio en esa figura que ocupa un doble espacio de admiración y menosprecio. Esta posición  polimorfa, fulgurante y exuberante de la mujer, lo enloquece.

Lo paradojal es que la imagen, de ese otro mujer, es vivida como un ataque, como una amenaza a la integridad de ese sujeto. Reacciona con odio y con una tensión de destrucción hacia el cuerpo del otro temido, con una pasión desmedida y enloquecedora.

Y la mujer, puede dejar a ese hombre o pedirle que la abandone, que no lo necesita, que no precisa su espejo, ni su mirada para ser otra. Puede pedirle al hombre que salga del espejo de su mirada.

Para algunos hombres esta experiencia de expulsión del campo de la  mirada del Otro, les resulta insoportable. Y los insultos pueden transformarse en actos demasiado violentos a punto de matar y de matarse.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
lic.lauraalcaraz@aabra.com.ar
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La histeria no es solo cosa de mujeres

histeriaPor Laura Alcaráz /

La histeria no es solo cosa de mujeres. Hombres y mujeres la sufren. Presa de dolores, somatizaciones, enfermedades que padece el cuerpo y que no tienen explicación orgánica. Lacolumna de la psicóloga Laura Alcaraz.

Freud dirá la histeria sufre de reminiscencias y deja al cuerpo a  cargo de la tarea de  negociar el conflicto. Conflicto surgido de una pregunta: ¿Qué quiere de mí? El síntoma o el conjunto de ellos, es un mensaje que reemplaza a la palabra.

Para poner al cuerpo en su lugar, desvinculándolo de ese mensaje equivoco y disfuncional, habrá que descifrarlo, en un espacio analítico.

La histeria no quiere lo que demanda y en eso se confunde  siempre el otro, que trata de contentarla, de darle lo que supuestamente pide o de hacerla callar. La histérica solo quiere desear.

La primera reacción de los testigos de esa falta puede ser intentar llenarla dando una respuesta que intente calmarla y justamente lo que busca es la falta, la incompletud.

La histeria  busca siempre un amo, alguien que porte un saber, para derrocarlo después y denunciar su impotencia. La gran maniobra histérica es apelar a alguien que  sabe y hacerle creer que lleva las riendas para hacerle fracasar. Hacerle creer al otro que maneja el deseo que ella o el mismo desconocen.

La posición histérica demostrará que nuestro saber, por muy interesante que sea, no alcanza para dar cuenta de lo que verdadera y subjetivamente está en juego.

Un sujeto en posición histérica viene a decir: “Solo te deseo mientras signifiques una ganancia, y a condición de que prestes tu cuerpo para la experimentación tecnológica, y a condición, también de que trabajes como un hombre esclavo y sin otro ser que el de tu capacitación evaluada numéricamente. Si no lo has terminado de entender, te aseguro que es así como deberás recorrer un largo camino.” (Juan Carlos Indart)

“No hay sentido común en el histérico” Dirá Lacan  “aquello donde juega para ellos o para ellas la identificación…”.

Patologías de hoy y de siempre la histeria es aquella más propicia a realizar una llamada a saber del Otro, a dirigirle su pregunta y colocarle en el lugar del Amo. Pero la pregunta no es cualquiera, pues se refiere a la causa última del deseo,  por tanto seríamos muy ingenuos si en algún momento pensáramos que disponemos de la respuesta.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar
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